viernes, 20 de abril de 2018

“Somos la clase del amor”


“SOMOS LA CLASE DEL AMOR”
  Colegio Anselmo Pardo. Melilla
Los dos primeros años de mi carrera profesional, fui la tutora de un aula de Educación Especial, sustitutoria de un centro específico.
Esta aula estaba ubicada en un colegio público, y los alumnos que allí asistían  presentaban un grado de discapacidad severa y/o profunda, y necesidades educativas especiales permanentes, en la mayoría de los casos, y transitorias en otros, derivadas de esa situación de discapacidad.
Para que la integración de estos alumnos dentro del colegio fuese lo más efectiva posible, tenía que ser también afectiva.
Desde esta perspectiva, el contacto físico elimina muchas barreras psicológicas que puedan existir de cara a la aceptación y posterior inclusión de todos los alumnos.
Si imaginamos cualquier caso de exclusión por parte de unos alumnos a otros, visualizamos que el primer paso para que esto se produzca es la distancia física. Alumnos sentados solos, que juegan solos, deambulan solos por el colegio, no encuentran compañeros con quiénes realizar actividades de equipo (ya sean juegos en las horas de Educación Física, trabajos en otras asignaturas…), etc.
Para evitar que esto se produjese, promovíamos la integración de nuestros alumnos desde muchos ámbitos.
En primer lugar, compartían horas con otros grupos que tenían asignados como grupos de referencia. Estas horas solían ser de Música y principalmente de Educación Física (EF).
En este aspecto la implicación del profesorado era crucial, y recuerdo con mucho cariño la del maestro de EF, que dedicaba mucho tiempo y esfuerzo en hacer de esas horas una posibilidad maravillosa de compartir y enriquecerse entre unos y otros.
Paralelamente, se llevaban a cabo juegos en los recreos donde participaban todos los alumnos, o simplemente, como la hora del recreo era común para todos, nuestros alumnos interactuaban libremente con los demás, que vivían este hecho de forma natural, con cierto sentimiento de cuidado y respeto generalizado, impulsado sin duda alguna también desde el propio centro.
Centrándonos un poco en el trabajo concreto de dentro del aula de educación especial, éste se basaba en el desarrollo, como decíamos al principio, de todas las dimensiones de los alumnos: cognitiva, perceptiva, motriz y afectiva-social, principalmente.

El aula se llamaba “LA CLASE DEL AMOR”, y se llamaba así porque todos nos queríamos mucho, y teníamos que tratarnos siempre con palabras y gestos bonitos, cantábamos y bailábamos a diario y hacíamos muchas actividades donde acariciarnos, darnos masajes, relajarnos… y en definitiva, sentirnos bien, fuera una recompensa y un premio que nos regalábamos con mucha frecuencia.
Respecto a la metodología de trabajo, ésta era activa y participativa por parte de todos los alumnos.

Nos basábamos en el principio de individualización de la enseñanza, y en que fueran capaces de generalizar los aprendizajes a situaciones de su vida diaria. Para ellos era imprescindible que las actividades fueran significativas y, como decíamos en la introducción, que implicasen una emoción, o muchas.
Diariamente, siempre en un clima de confianza y cariño, se trabajaba de forma específica las habilidades sociales, concretamente la comunicación no verbal (mirada, sonrisa, expresión facial, contacto físico y apariencia personal), habilidades relacionadas con la comunicación verbal (los saludos, pedir favores y dar las gracias, pedir disculpas, iniciar, mantener y finalizar conversaciones...), habilidades relacionadas con la expresión de emociones, habilidades para lograr una autoestima y autoconcepto positivo y la resolución de conflictos de la vida cotidiana.
Las actividades se repetían, recordando siempre las que ya se habían trabajado, y enganchando con las actividades nuevas, para que los alumnos pudieran interiorizarlas y pasaran a formar parte de su repertorio de actuación, y generábamos posibilidades para ponerlas en práctica ensayándolas en clase.
Esos dos años en “la clase del amor” fueron,  profesional y personalmente hablando, muy enriquecedores. Lo que yo aprendí trabajando con mis alumnos, lo que me enseñaron y lo que me llenaron, me acompañará siempre.


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